Compliance social ¿Tan lejos estamos del tercer mundo?


compliance_socialNo parece que ya pueda sorprendernos que en determinados países en vías de desarrollo se den situaciones que serían inadmisibles en nuestro entorno social y laboral de una Europa unida y moderna.

Sin embargo no todo está hecho en el ámbito del compliance social en las empresas de nuestro entorno cuando con su actuación internacional pueden estar propiciando situaciones de neta injusticia y riesgo, aunque sea en sitios geográficamente lejanos.

Son recurrentes las noticias que nos llegan sobre accidentes –que podrían haberse evitado– si se hubieran tenido en cuenta las necesidades, riesgos e incluso las disposiciones en relación con la actividad sin ceder a presiones económicas, en ocasiones procedentes del exterior, de compañías (en el primer mundo) que reclaman para sí un comportamiento ético y legal pero que propician si no provocan unas condiciones de trabajo contrarias a lo socialmente admisible y a lo legalmente establecido (digamos que contrarias a lo que debería de ser).

Además de accidentes por falta de seguridad, podríamos hablar de trabajo infantil, de carencia de condiciones saludables, de trabajo bajo amenazas, de remuneraciones indignas…

¿Se preocupan las empresas que importan bienes, o que encargan la producción, o que proveen recursos, o que realizan proyectos, en o de otros países, si realmente sus colaboradores, corresponsales o contrapartes se mueven dentro de los límites que podríamos considerar cuando menos tolerables?

Contribuir negativamente o influir positivamente

Hay que tener en cuenta que en un ‘mundo globalizado’ no son solo las multinacionales, grandes o pequeñas, las que están operando en el entorno internacional, y que la posibilidad de estar contribuyendo negativamente a situaciones que no deberían de darse o de influir positivamente a evitarlas está al alcance de muchas organizaciones.

No debe escaparse este análisis cuando el código ético de una organización establece principios, pautas u objetivos que marcan líneas determinadas de comportamiento. Las empresas no están aisladas y su actividad es siempre colaborativa. No es baladí que el proceso de implantación de un sistema de compliance se inicie con un análisis del contexto de la empresa. Situémoslo en un espectro amplio.

Podrá parecer a veces que es poco lo que se puede hacer para contribuir a corregir o mejorar determinadas situaciones y aminorar su valor por la distancia geográfica, pero no es así, quien primero se beneficia es la propia empresa que incorporando esta sensibilidad está transmitiendo en el seno de su organización un compromiso firme con sus valores y con su código de conducta.

No basta contemplar el soborno, la corrupción, el tráfico de influencias, el blanqueo de capitales, los tráficos ilegales… los posibles delitos de orden económico que habitualmente forman parte del análisis en las transacciones internacionales. Pongamos también un punto de atención en los aspectos sociales y humanos, al menos como lo hacemos internamente.

España no es un país ‘sospechoso’ ni las empresas en general presentan perfiles que puedan inquietar a los operadores internacionales extranjeros, sin embargo éstos están requiriendo que existan planes de cumplimiento que analizan también en su aspecto social.

Aspecto al que la Unión Europea atribuye una particular relevancia como manifiestan sus directivas (2014/23/UE y 2014/24/UE) que subyacen en la legislación de contratos del sector público.

Un plan de compliance no debe de ser contemplado solo como escudo de protección de una eventual responsabilidad, una forma de mejorar la empresa y ayudar a mejorar el mundo.


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